Vacaciones en Quebec, el corazón francés de América

La ciudad a la orilla del río San Lorenzo no ofrece más que lo mejor del antiguo mundo combinado con el moderno: calles empedradas ideales para andar en bicicleta, edificios amurallados repletos de galerías y la mejor oferta culinaria en Canadá dentro de edificios del siglo XVI.

Sofía Cerda

Quebec es, sin duda, lo más parecido a una ciudad europea en Norteamérica y una parada imprescindible para cualquier amante del arte, la cultura y el buen comer.

Como es una ciudad con una enorme oferta cultural, se podría pensar que es una opción complicada para viajar con niños.

Sin embargo, al ser tranquila, es una excelente opción para comenzar a conocer un poco de cultura francófona sin demasiado tumulto.

En esta pequeña ciudad hay desde castillos e iglesias hasta una gran oferta de bazares y mercados con todo tipo de productos: quesos, chocolates, frutas y verduras, además de artesanías y excelentes galerías.

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Si por algo se distingue esta ciudad canadiense es por ofrecer calidad ante todo: no hay más que lo mejor.

La belleza de Quebec dura todo el año: en invierno se viste de blanco, y es una hermosa época para ver Le Château Frontenac —símbolo de la ciudad— cubierto de nieve, tomar un tazón de chocolate caliente y sentir el espíritu navideño como en pocos lugares del mundo.

Además, es perfecto para practicar deportes de invierno, ya que a sólo 30 minutos se encuentra Mont-Sainte-Anne, donde se practica desde el esquí y el patinaje sobre hielo hasta paseos en trineos jalados por perros. El largo invierno puede extenderse hasta bien entrado abril.

Cuando la temperatura comienza a subir, hay muchas otras opciones. Quebec, al ser tan pequeña y pacífica, puede ser recorrida en bicicleta con mucha seguridad. En el viejo puerto, al lado del Centro Histórico, es posible rentar bicicletas por menos de 20 dólares. Se puede hacer un lindo paseo a lo largo del río hacia la Bahía de Beauport, donde se lleva a cabo todo tipo de actividades como kayak y velero. Si se continúa por este mismo sendero, pueden verse hermosos jardines ideales para que los niños jueguen o para organizar un picnic.

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Si disfruta sacar el máximo provecho a su tiempo, el verano es la mejor época para visitar esta ciudad canadiense.

Gracias a su clima no demasiado cálido, se puede llevar a cabo todo tipo de actividades al aire libre en días larguísimos en que oscurece hasta las 10 de la noche. El Festival d’Été, llevado a cabo durante la primera semana de julio, trae lo mejor de la música de todos los géneros: una opción ideal para quienes viajan con adolescentes.

Todo viaje debe empezar por una gran comida. Para la llegada a Quebec se recomienda algo sencillo pero extraordinario: un croissant. En el café Chez Temporel, ubicado en la calle Couillard, uno podrá encontrar un pequeño café que por más de 30 años ha deleitado a sus clientes con exquisita panadería, café y los éxitos del folk francés. El día se puede continuar con un recorrido por los mercados en la calle Saint-Paul, donde verá artesanías, antigüedades y juguetes.

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Los amantes de la cocina querrán cruzar la calle a Le Marché du Vieux-Port, donde se encuentran los mejores quesos, carnes y patisseries, ideal para quienes quieren aprovechar para cocinar con ingredientes locales.

El Viejo Quebec es posiblemente lo que hace a esta ciudad tan maravillosa y única dentro del continente.

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El Centro Histórico es Patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO. Aquí se pueden visitar las fortificaciones como la puerta de San Juan y de San Luis, el Ayuntamiento, la Basílica de Nuestra Señora de la Ciudad de Quebec y, por supuesto, Le Château Frontenac.

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Una vez terminado el recorrido, puede sentarse en uno de los restaurantes y pedir un poco de foie gras y una copa de vino.

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Si viaja con niños, una buena opción es aprovechar la visita al Château para tomar el té, ¡les encantará la experiencia de comer en un castillo!

Quebec es una parada esencial para todo aquel que disfrute la calidad y la sencillez. Es una ciudad hermosa dentro de su simpleza, ideal para pasar de dos a tres días entre paseos y restaurantes.

Es, en definitiva, un destino obligado para todo bon vivant.

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